Sombrillas apretadas como hongos imposibles cubren la arena: rojo, azul, naranja, blanco rayado. Detrás, la bahía quieta sostiene barquitos de juguete y, al fondo, un monte verde con un caserío trepándole la falda. Cielo azul liso, sin pretexto. Liturgia laica del verano: tantos cuerpos buscando lo mismo a la vez que cuesta distinguir si huyen del calor o se reparten su parte de él.