Las ruinas escalonadas de Machu Picchu en su silla de montaña: terrazas cortadas como peldaños, muros de granito sin mortero, calles internas mínimas. Detrás, el Huayna Picchu como cuerno verde y, más allá, cordilleras desvaneciéndose en niebla. Alguien decidió un día que el santuario quedaba mejor justo aquí, donde el aire ya cuesta.