El monasterio de los Jerónimos visto desde el jardín: piedra blanca calada, torres con agujas labradas como encajes, rosetón ciego, una cúpula bulbosa al centro. Delante, un ciprés altísimo perfectamente vertical, como aguja que cose el edificio al cielo. Cuesta creer que algo de piedra haya tardado tantos siglos en aprender a no parecer pesado.