Sobre los tejados, una cúpula de pizarra oscura rematada por un pararrayos con forma de serpiente y flecha; al lado, una arquera dorada y desnuda tensa el arco hacia el cielo, con un perro a sus pies. Apunta al sol, que ya es un disco naranja a ras del horizonte y se pone solo, sin que nadie tenga que derribarlo. Abajo, las fachadas encienden las ventanas mientras el día cede.